La aventura
La aventura La manga de su camisa estaba desgarrada desde el cuello al codo; a cada paso que daba, una de sus rodillas y parte de su muslo delgado mostraban su desnudez a través de un largo desgarrón; una tira de tela arrancada de su cintura colgaba solemnemente, mugrienta y manchada de sangre, por delante de sus piernas. Tenía una horrible desolladura en vivo entre las raíces de su cabello, justo encima de las sienes; le goteaba sangre por la nariz; en su rostro se pintaba un exceso de angustia y en sus ojos una especie de precavida desesperación. Bajó la voz mientras repetía por dos veces:
—¿Es usted? ¿Es usted?
Luego repitió por última vez, en un susurro:
—¿Es usted?
Los marineros formaron un amplio círculo mientras él, sin dejar de mirarme, se decía confidencialmente:
—¡Se ha escapado el inglés! Entonces, estás perdido, Domingo. Estás perdido, Dom… ¡Señor!
A todos nos sorprendió ese cambio de tono, su intento de extender los brazos hacia mí. Aparté la mirada.
—¡Sujétalo fuerte! ¡Sujétalo, compañero!