La aventura
La aventura Luego dijo, estremecida, en un tono de profundo recogimiento:
—Tengo el gaznate completamente reseco.
Otras voces joviales contestaron desabridamente:
—Cierra el pico y preséntate ante el capitán. Vamos, en marcha.
Un prisionero, que llevaban a popa, avanzaba de mala gana entre dos bulliciosos marineros de corta estatura. El pelo negro despeinado, como una peluca estropeada, triste, pálido, mirándome con sus enormes ojos de venado desmesuradamente abiertos: reconocà a Manuel-del-Popolo, el cual, simultáneamente, dio un salto para atrás, gritando:
—Es un milagro del demonio… del demonio.
Los marineros le tiraban salvajemente del brazo, preguntando: «¿Qué te pasa?» y, tras una breve lucha que lanzó al aire sus harapos y sus mechones de color negro azabache como una ráfaga de viento, se resignó a ser llevado arriba, repitiendo:
—¿Es usted, señor? ¿Es usted? ¿Es usted?