La aventura

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¡Qué suerte! Williams era el jovial capitán con el que yo iba a haber cenado el día de la ejecución en Kingston Point… el día en que me secuestraron. Parecía que hacía siglos de eso. Quise alcanzar el costado del barco para ocuparme de Serafina, pero sencillamente no pude recordar la manera de tenerme de pie. Me senté en la escotilla, mirando a los marineros.

Estaban limpiando los cabos, recogiendo los faroles, reuniendo cuchillos, espeques, palancas, fregando las cubiertas con trapos húmedos. Un tipo descalzo, con los brazos desnudos, llevando bajo el brazo un fardo de machetes con empuñadura de latón, estaba absorto en la contemplación de mi persona.

—¿Adonde van ustedes? —inquirí yo, sin dirigirme a nadie en particular.

Todos mostraron una amistosa diligencia al contestarme.

—A La Habana.

—A La Habana, señor.

—La Habana es nuestra próxima escala. Sí, La Habana.

El puente resonó con todas las modulaciones de aquel nombre.

Oí detrás de mí un clamoroso «ay». Una voz aturdida, amedrentada, repitió dos veces en español:

—¡Oh, Dios mío!; ¡oh, Dios mío!


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