La aventura

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—¿Qué? ¿Qué? —dijo—. ¡Cielo santo! Ahí está su chica. Desde luego… ¡Eh!, contramaestre, apareje un palanquín de estay y una silla en el peñol para subir a bordo a una dama. Eche una mano. ¡Una dama! Sí, una dama. ¡Maldita sea!, muchacho, no pierdas la serenidad. Echa un vistazo en la batayola de estribor: verás a una dama junto a un dago en una barca pequeña. Deja que el dago suba también a bordo; este caballero dice que es buena persona. ¿Me has comprendido?

Continuó hablando conmigo durante un buen rato: me dijo que habían hecho un prisionero… «un tipo cómico, de elevada estatura, que llevaba los cabellos como una tía mía, un mechón de rizos cayéndole a cada lado de la cara»… y luego añadió que debía irse a informar al capitán Williams, que había entrado en el camarote de su esposa. El nombre me sorprendió.

—¿Es este barco el Lion? —le dije.

—Sí, sí, lo es. El mismo —respondieron a la vez varios marineros, echando miradas curiosas desde su puesto de trabajo.

—Dígale a su capitán que me llamo Kemp —le grité a Sebright con toda la fuerza de mis pulmones.


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