La aventura

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Había en su personalidad un no sé qué de autoritarismo y sagacidad, una alegría pueril, y siempre estaba muy atareado.

—Debemos arreglar las cosas en el barco. ¿No pensará que volverán en busca de otra experiencia? Esta maldita cubierta parece a flote. Es un pequeño truco mío: agua hirviendo por si vienen los dagos. Le encargué al cocinero que hiciera un fuego y, metiendo en la caldera el manguito de succión de la bomba de encendido, llenamos varios hervidores y calderos. No es mala idea, ¿verdad? Pero ni diez veces esa cantidad habría sido suficiente, y el manguito reventó al tercer intento, así que sólo encontraron una barca a la que acertarle. Pero, Señor, ella abandonó la trifulca como si hubiese sido barrida por la metralla. Chillaron como una manada de cerdos, ¿verdad?

Lo que yo había tomado por sangre era simplemente el agua derramada al reventarse el manguito. Debo decir que eso me alivió. Antes de que recuperase el aliento, mi nuevo amigo me atiborró los oídos con una gran cantidad de historias divertidas. Se frotaba las manos y me daba palmadas en la espalda. Pero tenía un corazón bondadoso y se quedó preocupado por mi postración.

—Oiga, ¿cree que mis muchachos le han roto alguna costilla? Déjeme ver.

Y entonces logré contarle algo de Serafina, a lo que prestó atención.


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