La aventura

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—Si tiene usted el capricho de que le llamen arzobispo de Canterbury, le trataremos de «Su Ilustrísima». Yo soy el oficial de cubierta, Sebright. El capitán se ha ido para dejarse ver por la señora: a ella no le gustaría encontrárselo demasiado destruido… Qué sorprendente es el amor de las mujeres. Esta noche ella se acostó bastante tarde con la idea fija de ver lo que pudiese ocurrir. A la hora del té le dije que haría mejor retirándose temprano y encerrándose en su camarote, porque, si por desgracia subía a bordo algún dago, yo no podía responsabilizarme del lenguaje de mi tripulación. Se supone que debemos evitar las blasfemias en este viaje, pues ella es sobrina de míster Perkins, de Bristol, nuestro armador, que es metodista. Pero, maldita sea, hay razones para todo. Un barco no puede ser como una capilla… aunque a ella le gustaría. Oh, Dios mío, cómo le gustaría, incluso cuando estábamos rechazando a esos picaros. Yo estaba sentado en la brazola con la cabeza apoyada en los brazos.

—¿Se encuentra mal? ¿Sí? Le han tratado como si fuera un saco de virutas. Bueno, los chicos han estado haciendo diabluras, machacando a los dagos. Oye tú, Mike, vete a cubierta a ver si encuentras una pistola de doble carga. Muévete un poco. Tantea por ahí, bajo los palos.


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