La aventura
La aventura —No se marche. ¡Escuche! Soy un hombre profundo. ¿Tal vez el señor no sabÃa eso? ¡Misericordia! Soy un hombre de intriga. Un polÃtico. Usted se ha escapado y eso me alegra…
Enseñaba sus colmillos y echaba espumarajos por la boca como un perro rabioso.
—Señor, soy feliz a causa del afecto que le tuve desde el principio… y porque Domingo, que le dejó escaparse de la Casa, está perdido. SÃ, está perdido. ¡Estás perdido, Domingo! Pero el extremo afecto que siento por su noble persona inspira a mi espÃritu una saludable combinación. ¡Espere, señor! ¡Un momento! ¡Un instante!… ¡Una combinación!…
Jadeó como si su corazón hubiese reventado. Los marineros, boquiabiertos, estrechaban poco a poco su cÃrculo.
—¡Ya puede farfullar! —comentó alguien pacientemente.
Los ojos se le salÃan de las órbitas. Hablaba con temeraria rapidez.