La aventura
La aventura —… No hay sitio seguro para escapar a la cólera del Juez. Ningún sitio salvo la tumba… la tumba… ¡la tumba!… Ja, ja. Baja a tu tumba, Domingo. Pero usted, señor… escuche mis súplicas… ¿adonde irá? ¿A La Habana? Allà está el Juez y que la maldición de los curas caiga sobre mi cabeza si usted no está perdido también. ¡Vida! ¡Libertad! Señor, deje que me vaya y correré… galoparé, señor… me arrojaré a los pies del Juez, y le diré… le diré que le he matado a usted. Tengo gran confianza en mà mismo en razón de mi inteligencia superior. Diré: «Domingo le dejó marchar… pero está muerto. No piense más en él… en ese inglés que se ha escapado… gracias a Domingo. No lo busque. Yo, su fiel Manuel, le he matado». Mi vida a cambio de la suya, señor. ¡Juraré que le he matado con esta mano diestra! ¡Ah!
Estaba pendiente de mis labios sin resuello, con el rostro tan descompuesto que, aunque tal vez fuese la muerte lo único que odiaba, parecÃa estar impaciente por lanzarse sobre mà y hacerme pedazos con sus grandes dientes. Los hombres que se agarran a un clavo ardiendo deben de tener el rostro igual de convulso por la ira y el desespero. Su silencio rompió el encanto… el encanto de su increÃble locuacidad. Oà los rudos acentos del contramaestre:
—Sujétese bien, señora. ¡Bueno! ¡Suba despacio por el palanquÃn de estay!