La aventura
La aventura Guardamos un tétrico silencio. Más adelante, en plena bahÃa, nos cogió una fuerte borrasca. Sentado junto a la caña del timón, la evité lo mejor que pude. Al menos irÃamos lo más lejos posible antes de que terminase nuestro trayecto. Carlos no cesaba de achicar, sin proferir ni una queja, ciñéndose a la tarea que él mismo se habÃa asignado, como si de verdad no le preocupase nada perder la vida. Tuve la impresión de que en eso residÃa, en efecto, lo sublime y lo romántico. Tal vez estuviese cansado de vivir; tal vez lamentase realmente lo que habÃa dejado tras él en Inglaterra, o en cualquier otra parte… alguna amistad, alguna mujer. Pero si sucumbÃamos juntos, él al menos lo harÃa con gallardÃa y sin quejarse, después de haber llevado una existencia movida y agitada. Sin embargo, yo abandonarÃa la vida sin pena ni gloria, en el mismo umbral.
Castro se puso de pie a duras penas y gruñó:
—¡TodavÃa podemos lograrlo! ¡Vea, señor!
El destello azulado habÃa aumentado de tamaño… y ascendÃa, humeante, derecho hacia el cielo. Divisé en lo alto, por encima de nosotros, unos fantasmales paralelogramos: las velas de un barco. Y al menos una multitud de rostros vueltos hacia nosotros, tratando en vano de vernos por encima de la batayola. Gritamos todos a la vez.