La aventura
La aventura —Ah, es que estás triste por tener que abandonar tu hogar y tus amigos, y España y sus estupendas aventuras —contesté yo.
El fulgor azulado parecÃa un poco más próximo. No habÃa otra cosa que hacer más que hablar y esperar.
—Y también Inglaterra —respondió él, en un tono muy significativo—; tus bienes en Inglaterra… la gente de allÃ. Por lo menos una persona.
Me pareció que su sonrisa y sus palabras daban a entender una amarga ironÃa; pero las dijo sinceramente.
Castro habÃa arrastrado el cuerpo inerte del viejo Rangsley. Le sorprendà refunfuñando acerbamente:
—¡Soy capaz de matar a este viejo!
No querÃa ahogarse; ni yo tampoco, ciertamente. Pero no fue tanto el miedo como un sentimiento de lasitud y decepción lo que me habÃa invadido, el repentino sentimiento de que no iba al encuentro de aventuras, sino de la muerte; que no habÃa en perspectiva ningún romance, sino un final… una desencantada sorpresa de que muy pronto aquello se acabarÃa.