La aventura
La aventura El agua murmuraba sin descanso, como si tuviese un millón de pequeñas historias que comunicar en muy poco tiempo. Entonces, el viejo Rangsley se puso al pairo, esperando al barco, y se sentó medio adormilado, dando bandazos sobre la caña del timón. Era un bribón muy poco recomendable. La barca hacía agua como un colador. El viento refrescó y los tres empezamos a preguntarnos cómo acabaría todo aquello. No se veía ninguna luz en el mar.
Por fin, muy lejos, vislumbramos un destello azulado. Pero para entonces el viejo Rangsley ya no podía sernos de ayuda y me tocó a mí gobernar la barca. Carlos, que era un inútil y lo sabía, sin decir palabra se ocupó de achicar el agua. Pero Castro, que, según descubrí con sorpresa, conocía lo que era una barca mejor que yo, se mostró útil, pese a ser un lisiado.
—Me parece que vamos a ahogarnos —dijo Carlos en cierto momento, con gran calma—. Lo siento por ti, Juan.
—Y también por ti mismo —respondí yo con obstinada adustez, sintiéndome muy desesperado.
—Precisamente ahora, mi joven primo, tengo la impresión de que no me importaría morir bajo el agua —dijo suspirando, pero sin dejar de achicar un solo instante.