La aventura
La aventura ERA eso, supongo, lo que yo reclamaba al Destino: que el soplo del viento me arrastrase poco a poco hasta la posición de un héroe de romance, con las brutales manos de lo desconocido prendidas a mi garganta. Es lo que todos le pedimos, creo; y a veces lo conseguimos en tan sólo diez minutos. Yo no sabía a dónde iba. Me bastaba con navegar entre esos islotes de sombras que la luna, suspendida por encima de nuestras cabezas, arrojaba sobre el mar.
Embarcamos y, según nos alejábamos, la tierra se convirtió en una sombra, salpicada aquí y allá de lucecitas. Detrás de nosotros cantó un gallo. Por momentos, los pasos de un numeroso grupo de personas retumbaron en los guijarros de la playa. Me acordé de los contrabandistas; pero fue como si no los recordase más que para olvidarlos definitivamente. El viejo Rangsley, que gobernaba con la mano en la escota, proseguía con su incomprensible balbuceo. Carlos y Castro hablaban entre dientes. A lo largo de la regala había un constante chapoteo y borboteo. De pronto, el viejo Rangsley se puso a cantar con voz ronca y ebria.
Cuando Harold a la guerra partió,
Derrotado, su corona perdió,
Y el normando Guillermo nos invadió.