La aventura

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CAP脥TULO IV

ERA eso, supongo, lo que yo reclamaba al Destino: que el soplo del viento me arrastrase poco a poco hasta la posici贸n de un h茅roe de romance, con las brutales manos de lo desconocido prendidas a mi garganta. Es lo que todos le pedimos, creo; y a veces lo conseguimos en tan s贸lo diez minutos. Yo no sab铆a a d贸nde iba. Me bastaba con navegar entre esos islotes de sombras que la luna, suspendida por encima de nuestras cabezas, arrojaba sobre el mar.

Embarcamos y, seg煤n nos alej谩bamos, la tierra se convirti贸 en una sombra, salpicada aqu铆 y all谩 de lucecitas. Detr谩s de nosotros cant贸 un gallo. Por momentos, los pasos de un numeroso grupo de personas retumbaron en los guijarros de la playa. Me acord茅 de los contrabandistas; pero fue como si no los recordase m谩s que para olvidarlos definitivamente. El viejo Rangsley, que gobernaba con la mano en la escota, prosegu铆a con su incomprensible balbuceo. Carlos y Castro hablaban entre dientes. A lo largo de la regala hab铆a un constante chapoteo y borboteo. De pronto, el viejo Rangsley se puso a cantar con voz ronca y ebria.

Cuando Harold a la guerra parti贸,

Derrotado, su corona perdi贸,

Y el normando Guillermo nos invadi贸.


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