La aventura
La aventura —Nosotros no solemos utilizar este pasadizo —dijo Rangsley—. Lo reservamos para la gente importante: jueces y similares. Pero es mejor para nosotros que no nos vean en compañÃa de un carne de horca como tú y tus compinches. Ahora seguid a mi tÃo. Buenas noches.
Entramos en el patio, pasamos bajo los pilares del ayuntamiento, cruzamos una silenciosa calle y a través de un estrecho pasadizo descendimos hasta el mar. El viejo Rangsley se tambaleó delante de nosotros, acelerando el paso mientras murmuraba:
—Tres ¡hombres a bordo del Thames… a la once y cuarto. Tres hombres a bordo del Thames…!
Y a los pocos minutos estábamos en la playa de guijarros junto al mar inmóvil, que estaba casi hasta los topes.