La aventura
La aventura Sus palabras me causaron una cierta impresión, y quizá más todavía la forma en que las dijo. Yo procuraba evitar cualquier cosa que le pareciese «antinatural» a Jack Rangsley, el hombre tenebroso, que siempre parecía vivir a la sombra del patíbulo. Por el impresionante misterio que le rodeaba era para mí una figura casi tan romántica como el mismo Carlos, además de poseer un inmenso poder. El silencioso revoloteo de luces que yo acababa de ver, las señales que devolvían los lugres a lo lejos en el mar, el inevitable sueño de las ciudades y el campo mientras él elaboraba sus planes nocturnos, me habían impresionado hasta atemorizarme. Y sus palabras se grabaron en mi alma, haciéndome sentir miedo por mi futuro.
Seguimos a los demás hasta una habitación de la planta baja, que estaba equipada como una barbería. Una vela de junco ardía sobre una mesa. Rangsley apoyó la mano sobre un saliente del revestimiento de madera, tiró hacia él y, al momento, una vitrina acristalada llena de navajas de afeitar y brochas giró silenciosamente sobre sí misma como por arte de magia, descubriendo una pequeña abertura, lo suficientemente grande para dejar pasar el cuerpo de un hombre. Pasamos por ella y llegamos a una especie de túnel, a cuyo extremo había una puerta de cuarterones que conducía a una cuadra con su pesebre para caballos. Estábamos de nuevo en el establo de la posada.