La aventura
La aventura Abajo, la voz del borracho no cesaba de farfullar:
—Tres hombres a bordo del Thames… embarcar a tres hombres…
—No abandonará esta cantinela hasta haberos puesto a salvo a bordo del barco —dijo Rangsley.
Carlos y Castro descendieron por la escala, alumbrados por la tenue luz que sostenÃa Rangsley. Debajo de mà divisé la cabeza plateada y las enrojecidas orejas del tÃo borracho de Rangsley. HabÃa sido uno de los hombres más temibles de su familia: de una fortaleza y una astucia inmensas; pero su empedernido hábito de beber una pinta y media de ginebra todas las noches le habÃa apartado de las más arduas tareas del gremio. Su trabajo se limitaba a ayudar al transporte subterráneo del contrabando operación para cuyo éxito eran indispensables tanto su olfato de zorro como su conocimiento profundo del tráfico marÃtimo. Cuando me preparaba para descender por la escala detrás de los otros, Rangsley me tocó en el brazo.
—No me gustan tus acompañantes —me dijo al oÃdo—. Sé quiénes son. Los persiguen desde esta mañana. Los habrÃa denunciado y me hubiese llevado la recompensa, si no fuera por ti y el señó Rooksby. Me imagino además que son muy diestros con las navajas. Hazme caso: ten cuidado con ellos. Hay algo antinatural en ellos.