La aventura
La aventura —… que sólo es un poco menos calamitosa que su enemistad —continuó con rabiosa frialdad—. Sólo un poco menos. Usted dejó escapar a Manuel… ¡Manuel!… A causa de su compasión… ¡Compasión! ¡Bah! Gracias a su orgullo, eso es todo… su loco orgullo. Se arrepentirá, señor. El Cielo es justo. Se arrepentirá, señor.
Me censuró proféticamente, sumiéndome en una especie de misterio tenebroso; pero, después de todo, en sus actos, si no en su corazón, ese hombre habÃa sido siempre amigo mÃo y me contenté con preguntarle, con algo de pena, por su imbécil ansia de asesinato.
—¿Por qué? ¿Qué puede hacerme Manuel? El es, al menos, completamente inofensivo.
—¿Se ha preguntado el señor don Juan alguna vez lo que Manuel podÃa hacerme… a mÃ, Tomás Castro? A mÃ, que soy un pobre vagabundo, y amigo de don Carlos, que su alma descanse en paz. ¿Acaso son ustedes los ingleses cual prÃncipes, que no piensan en nadie más que en ellos mismos?