La aventura
La aventura —No pude hacerlo —dije yo—. No pude. HabrÃa sido inútil. Se parece demasiado a un asesinato, Tomás.
—¡Ah, la inconstancia y la extravagancia de estos ingleses! —me arrojó en plena cara, generalizando, con contenida pasión—. No sé qué es peor, si su furia o su compasión. ¡Qué puerilidad! Una verdadera puerilidad… ¿Se imagina, señor, que Manuel o el juez O’Brien le perdonarán a su vez la vida algún dÃa? Y si no conociese el valor de su nación…
—Desprecio igualmente al Juez y a Manuel —interrumpà yo, enojado.
También despreciaba a Castro en aquel momento y él me devolvÃa el pago con intereses. No habÃa error posible en la mordacidad de su tono.
—Le conozco muy bien. Usted menosprecia a sus amigos tanto como a sus enemigos. Le he visto hacer tantas cosas. Que los benditos santos nos protejan de su calamitosa amistad…
—No hay amistad que pueda hacer de mà un asesino, mÃster Castro…