La aventura
La aventura Bajé el brazo durante una fracción de segundo casi imperceptible antes de que él saltara y desapareciese. Al ruido de su profunda zambullida le siguió un clamor pesaroso por toda la cubierta, una avalancha general hacia el costado por donde había saltado. No había nada que ver: el hombre había atravesado la capa de niebla que cubría el agua. Nadie le oyó resoplar ni balbucear. Fue como si hubiese caído por la borda un trozo de plomo.
Williams habría dado un billete de cinco libras porque esto no hubiese sucedido. Sebright expresó la esperanza de que ahogándose no se libraría del patíbulo. Los dos hombres que lo sujetaban se escabulleron avergonzados. Arriar un bote con el propósito de atraparlo habría sido inútil e imprudente.
—Sus amigos, con sus embarcaciones, no deben estar muy lejos todavía —gruñó el contramaestre—; y si no lo recogen, es más que probable que recogerán a nuestros amigos.
Alguien expectoró detrás de mí de manera tan ruidosa que volví la cabeza. Castro había vuelto a coger su capote y se estaba cubriendo con deliberada dignidad. Cuando esta operación se consumó, se acercó a mí y, sin decirme nada, desde las profundas arrugas que le atravesaban la boca y la barbilla bajo la punta misma de su nariz ganchuda, me miró siniestramente.