La aventura

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Entonces me di cuenta de que Manuel había aprovechado esta oportunidad para escapar. Oí el golpe sordo del salto que dio. De la escotilla (según me contaron más tarde los asombrados marineros) fue a caer con ambos pies directamente sobre la batayola. Sólo le vi cuando ya estaba allí, sentado sobre los talones, farfullando y moviendo la cabeza como un enorme babuino.

—¡Dispare, señor! ¡Dispare! ¡Mátelo, señor! ¡Mátelo! Si aprecia en algo su vida… ¡mátelo!

Inconscientemente, sin querer, como obligada por la sugestión de esos gritos sanguinarios, mi mano sacó del cinto la otra pistola. La levanté y me vi haciendo las extrañas cabriolas de un mono furioso. El se rasgó los costados con ambas manos con la intención, supongo, de desvestirse para lanzarse al agua. Le colgaban harapos en todas direcciones: una pasmosa erupción de harapos alrededor de esa figura acurrucada que se encogía frenéticamente frente a la boca del arma. Ya lo tenía. Estaba seguro de mi disparo. No era más que un mono. Un mono muerto. Pero ¿por qué? ¿A santo de qué? ¿Con qué fin? Me ponía enfermo y, sin embargo, me compadecía de él como me habría compadecido de un mono.


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