La aventura
La aventura Nadie prestó atención a mi grito. Castro arrojó su capote sobre cubierta, saltó sobre él, lo apartó de una patada, todo al mismo tiempo, al parecer, se echó a la derecha, a la izquierda, se enderezó y dio un gran salto; panzudo, con calzones ceñidos y chaqueta corta, no dejaba de hacer un ruido sibilante que literalmente helaba la sangre.
—¡Tiene una cuchilla en el antebrazo! —grité yo—. ¡Está armado, se lo aseguro!
Nadie podía comprender mi angustia. Un marinero que llevaba un farol esbozó una sonrisa. Alguien se rió francamente. Castro se plantó delante de Manuel, movió la cabeza amenazadoramente y se agachó dispuesto a saltar sobre él. Tardé demasiado en cogerlo del cuello, pero los guardianes de Manuel, actuando con precisión, alargaron cada uno un brazo para frenar su ímpetu y aquél retrocedió rápidamente hacia mí, como si hubiera rebotado en un muro.
Casi me había derribado y, mientras trataba de mantenerme firme, resonaron en el aire apremiantes órdenes de disparar, de hacer fuego, de abatirlo…
—¡Mátelo, señor! —gritó Castro encarecidamente.