La aventura
La aventura Cesaron las voces. Castro corrÃa sigilosamente, envuelto en los amplios faldones de su capote. Se caló el sombrero con un golpecito y rápidamente se encogió dentro del capote. Un cono negro, coronado por una cabeza temblorosa que asomaba, recorrió toda la cubierta. Veloz como el pensamiento, brincaba y de nuevo se acurrucaba. Todo el mundo contemplaba con asombro este espectáculo, como si se tratase de un juguete, enorme y diabólico. Por lo que a mà se refiere, conociendo el pernicioso propósito de estos preliminares, quedé sobrecogido de terror. Si me hubiese decidido inmediatamente a correr hacia él, nada habrÃa podido salvar a Manuel. Firmemente sujeto frente a Castro, el pobrecito estaba demasiado asustado para hacer ruido. Retenido a cada lado por un marinero impasible, forcejeaba violentamente y los sobresaltos le hacÃan encogerse, como si estuviese atado entre dos mojones de piedra. OÃamos su jadeo mudo, rápido.
—¡Deténgase, Castro! —grité yo—. ¡Alto!… ¡Que alguno de vosotros lo detenga! ¡Pretende matar a ese tipo!