La aventura
La aventura —A propósito, Kemp —dijo, con repentino fastidio, recobrándose, por asà decirlo—, nunca llegó usted a aquella cena… ni avisó ni nada…
Williams me habÃa estado hablando, pero fue con Sebright con quien me pareció intimar más. El joven oficial del Lion estaba a mi lado, muy callado, con una sonrisa competente.
—Más le hubiera valido pasarse por aquà —dijo, como si se traÃase de un simple comentario.
—Me secuestraron en la trastienda de Ramón, no sé si es excusa suficiente. Es una larga historia.
—Bueno, no puede usted contarla en el puente, eso está claro —Sebright tuvo que gritarme—. Por lo menos mientras dure ese ruido infernal… ¿qué diablos pasa? Más que otra cosa parece una pelea de perros.
Mientras corrÃamos hacia la escotilla mayor, reconocà lo acertado de la comparación. Era esa clase de clamor malintencionado, gruñón, vocinglero, que surge de repente y pronto se desvanece.
—¡Castro! ¡Tú, Castro!
—Maldición… ¿Qué ven mis ojos?…
—¡Tú! ¡Perro de ingleses!
—¡Tú! Puerco.