La aventura

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A Williams no se le ocurrió preguntar si yo estaba herido, o cansado, o hambriento. Y sin embargo, de un extremo a otro de las Indias Occidentales, las cenas a bordo del Lion eran famosas en los círculos marítimos. Pero los hombres festivos de su calaña a menudo son así: practican la hospitalidad por lo que tiene de glorioso y romántico. Sin duda, en las circunstancias presentes, él no podía esperar de mí que entonase al beber el clásico «Porque es un muchacho excelente». No era en absoluto un hombre malvado o insensible; sólo que no era ansioso y cualquier otra mera necesidad de esa índole no lograba estimular su imaginación. Yo sabía que no era peor que otros hombres y tengo motivos para recordarle con gratitud; pero por el momento me sorprendía e indignaba su extraordinaria manera de aceptar mi presencia como algo natural, como si hubiese venido de la orilla en barca, casualmente, para matar una o dos horas a bordo. Dado que su esposa aparentaba estar satisfecha, no le pareció que desease más explicaciones. Tuve la impresión de no tener a sus ojos una existencia propia. Cuando dejé de ser una fuente de dificultades domésticas, me convertí para él en una especie de comodidad inapreciable, una persona de lo más oportuna («un caballero inglés que me apoya», repitió varias veces), que le ayudaría a poner «firmes a esas viejas del Almirantazgo». ¡Qué humillante vergüenza todo este asunto! Había durado demasiado, Dios es testigo, pero si iban a abordar un viejo mercante como el Lion ya iba siendo hora de que todo el país se enterase. El armador, J. Perkins, tío de su esposa, no era un hombre que se durmiese en el trabajo. El Parlamento se enteraría. Fue una gran suerte que yo estuviese allí para ser citado como testigo ocular… yo, hijo de noble. Él sabía que yo podía alzar la voz en una buena causa.


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