La aventura
La aventura LA fuga de Manuel fue el último episodio de aquella noche memorable. Nada más sucedió, y nada más pudo hacerse; sin embargo, se quedaron por decir muchas palabras y faltaron muchas curiosidades que satisfacer. Toda la conversación la mantuve, por supuesto, bajo las lámparas del camarote pequeño. Williams, rubicundo y corpulento, no me quitaba los ojos de encima, al otro lado de la mesa. Sus ojos redondos estaban completamente inmovilizados por el asombro… la historia de lo que había pasado en Casa Riego no era lo que él habría esperado de la pequeña y mal afamada ciudad cubana.
Sebright, que se encargaba de la limpieza del barco y de atender a los heridos, entró varias veces procedente del puente, deteniéndose algunos minutos a escuchar, mientras retorcía pensativamente entre los dedos su fino bigote. El amanecer estaba ya próximo cuando me condujo a su propia cabina. Yo estaba medio muerto de fatiga y preocupado interiormente por una especie de desasosiego.
—Métase en mi litera —dijo Sebright.
Protesté con dureza y obstinación, pero él me dio un empujón amistoso y me caí sobre la cama a plomo. En cuanto mi cabeza notó la almohada, el buen color de su rostro pareció difuminarse y vi alargarse un brazo, vagamente largo, para apagar la luz del farol atornillado al mamparo.