La aventura
La aventura —Supongo que sabe que en Jamaica hay órdenes de arresto contra usted… por su escaramuza con el almirante —dijo.
Una somnolencia irresistible e inesperada habÃa relajado todos mis miembros.
—¡Al diablo con Jamaica! —dije yo, escasamente animado—. Vamos a nuestro paÃs.
—¡Al diablo con Jamaica! —reconoció él.
Luego, su voz meditó en la oscuridad, como si al venir tras de mà hubiese traspasado el recóndito umbral del sueño.
—Lo siento, pero nuestro destino es La Habana. ¡Qué lástima! ¡Qué pena! Si se le hubiese ocurrido, mÃster Kemp, que…
Es muy posible que no terminara su frase; por lo menos, esta no siguió penetrando en mis somnolientos oÃdos. Me desperté poco a poco de una especie de sueño cataléptico, con la confusa noción de tener que recuperar el hilo de una indirecta que él me habÃa soltado. Subà a cubierta.