La aventura
La aventura El sol brillaba, soplaba una ligera brisa, el mar hacía poco que centelleaba, y las húmedas cubiertas relucían. Me quedé quieto, conmovido por la belleza del nuevo día; era un mundo nuevo… nuevo y conocido, aunque de perturbadora belleza. Me pareció descubrir toda clase de atractivos secretos, hasta ahora nunca vislumbrados, en las cosas que había visto un centenar de veces. El centinela de guardia se ocupaba en cubierta de las escobas y los cubos; un marinero, que enrollaba una cuerda en un cabrestante, hizo un alto en su trabajo, para señalar un punto en el horizonte, por encima del cuarto a babor, con su imponente antebrazo que parecía un leño de caoba roja.
Eché una mirada en torno, frotándome los ojos. El Lion, ronzando a duras penas, se alejaba de la costa, en la que destacaban, no muy lejos todavía, contornos inundados de luz. A popa y a sotavento, recortada contra el fondo de un promontorio negro e índigo, una deslumbrante mancha blanca parecía un copo de nieve caído sobre el azul del mar.
—Es una goleta —dijo el marino.