La aventura

La aventura

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Carlos conversaba conmigo, contándome su vida anterior y sus aventuras. Su frialdad desconcertaba a los demás pasajeros, por lo que me daba vergüenza hablar con ellos. Tal era el respeto que yo sentía por él; tan maravilloso me parecía entonces. A Castro lo detestaba; pero aceptaba relacionarme con él sin comprender en lo más mínimo cómo Carlos, dada su buena disposición y su elevado espíritu (reconocía su elevado espíritu) podía soportar la sórdida ferocidad que yo le atribuía a aquél, y que parecía flotar en el ambiente dado el grotesco aspecto harapiento del taciturno hombre moreno.

La situación en España era demasiado inaguantable para Carlos como para poder mantenerse en medio de aquellas tortuosas intrigas del Ejército de la Fe, las tropas borbónicas y las legiones italianas. Hasta donde yo podía entender, él debía haber jugado sus bazas de manera insolente. Y había lastimado a una mujer. La cosa tenía su aspecto alegre y caballeresco. El había conocido la esencia misma de la aventura y ahora se había embarcado valerosamente para tomar posesión de la herencia de un tío suyo, que era gentilhombre y poseía la mayor parte de las intendencias de Cuba.

—Tengo entendido que es un hombre muy mayor —dijo Carlos—. Está ya un poco chocho y me necesita.


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