La aventura

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Había en la historia de Carlos todos los elementos del romance… salvo las incomodidades reales del barco en que navegábamos. Carlos nunca había estado en Cuba, ni había visto a su tío; pero, como ya he indicado, de una forma u otra se había arruinado en España y había recibido como un don del cielo a este Tomás Castro que su tío le enviaba para llevarle a Cuba, a la ciudad de Río Medio.

—La ciudad entera pertenece a mi tío. Es muy rico; un Grande de España… lo es todo. Pero ahora está muy viejo y se ha ido de La Habana para morir en su palacio, en su propia ciudad. Sólo tiene una hija, doña Serafina. Supongo que, si me gano su favor, me casaré con ella y heredaré las inmensas riquezas de mi tío; soy el único que queda en la familia para heredarle —agitó la mano, sonriendo un poco—. Vaya, bienvenida sea un poco de esta gran fortuna. Si yo hubiese contado allí con unos cuantos peniques más, no habría tenido ningún problema y ahora no estaría a bordo de este sucio barco con estos harapos.

Y jovialmente recorrió su vestimenta con la mirada.

—Pero —dije yo—, ¿cómo te has metido en este lío?

Se rió con un poco de altanería.


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