La aventura
La aventura Esperó su respuesta.
—SÃ, señora —dijo Serafina.
Ninguno de nosotros se movió. Luego, al cabo de un rato, Serafina se volvió hacia mà repentinamente animada.
—Esta mujer me pregunta si creo en vuestro amor —gritó—. Ella es vieja. Ay, Juan, ¿pueden los años cambiar el corazón?, ¿vuestro corazón? —bajó la voz—. ¿Cómo voy a saber eso? —prosiguió patéticamente—. Yo soy joven… y puede que no vivamos tanto tiempo. Yo creo en el mÃo…
Las comisuras de sus delicados labios se contrajeron; pero ella dominó su deseo de llorar y afirmó la voz, siempre sonora y llena de encanto femenino, que, cuando experimentaba una profunda emoción, tomaba un timbre de impresionante gravedad.
—Pero soy española y creo en el honor de mi amante; en vuestro… en tu honor de inglés, Juan.