La aventura
La aventura Con la dignidad con que se hace una suprema confidencia, Serafina extendió la mano. Fue uno de los momentos culminantes de nuestro amor. Pues el amor es como un viaje por un país montañoso: arriba por las nubes, abajo por las sombras, su destino permanece desconocido. Fue un momento de embeleso, pleno de pasión, durante el cual nos sentimos a la vez importantes y únicos… hasta que ella retiró su mano de mis labios y yo me encontré de nuevo en la cabina como si me hubiesen arrojado desde muy alto.
Nadie nos miraba. La señora Williams estaba sentada con los párpados caídos y las manos descansando sobre el regazo; su marido contemplaba discretamente una moldura de oro en el bao de cubierta, y su mirada ascendente confería a su rostro enrojecido un aspecto de éxtasis singularmente imbécil. Y estaba también Castro, a quien yo no había visto hasta entonces, aunque debí rozarle al entrar. Estaba junto a la puerta, tan mudo como si fuese un conspirador voluntariamente desenmascarado, con su sombrero negro a los pies. Sólo él nos miraba. Sus ojos iban de Serafina a mí… de mí a Serafina. Miraba cosas inefables, poniendo en blanco, con piadoso pavor, sus ojos con patas de gallo y lanzándonos a uno y a otro furiosas miradas. Cuando Serafina se dirigió a él, se apresuró a inclinar la cabeza con su habitual deferencia por la descendiente de los Riego.