La aventura
La aventura Previamente yo les había dicho que el recientemente nombrado embajador de España en Londres era pariente de los Riego y conocía personalmente a Serafina, la cual, casi dos años antes, había hecho una corta visita a España y había vivido algunos meses en Madrid con su familia, creo. No tendrá ningún problema, ninguna dificultad para ser reconocida, tampoco en materia de derechos de sucesión, etcétera. El embajador se ocuparía del asunto. Por lo demás, yo confiaba en su carácter decidido y en la solidez de su afecto. No temía que ella permitiese a nadie hablar de romper su compromiso, que fue la última voluntad de su pariente más próximo, y estaba sellado, por así decirlo, con la sangre de su padre. La cuestión de su ausencia temporal del Lion parecía ofrecer, sin embargo, una dificultad insuperable. Evidentemente no podíamos ser abandonados a la deriva en un simple bote a las afueras del puerto de La Habana, esperando que el barco saliese a recogernos. Sebright reconocía que, al principio, ni él mismo imaginaba cómo podría conseguirse eso. En absoluto se lo imaginaba. Pensaba y volvía a pensar en ello. Lo suficiente para hartarse uno de pensar. De pronto, las pocas palabras que Castro había dejado caer con respecto a la plantación de caña de azúcar y la posta de mulas le vinieron a la cabeza… providencialmente, como diría la señora Williams. Se imaginaba que fue esa manera primitiva y grandiosa con que el caballero mantenía una posta de mulas —grandes cantidades de mulas—, por si acaso quería enviar una carta o dos, lo que provocó la circunstancia de que lo recordase. Inmediatamente hizo pasar a «nuestro pequeño hidalgo» y le sometió a un interrogatorio.