La aventura
La aventura Insistía, sin embargo, en que su anciano tío le necesitaba. En cuanto a Castro, escapados él y sus harapos de una vida de sobresaltos y discordias, yo esperaba que posiblemente muriese a traición. Sin duda el tío le había enviado a través de los mares a buscar a Carlos y traérselo de Europa; había cierto romanticismo en aquella misión. Ahora era un servidor de la familia Riego, pero en el pasado de este hombrecillo rechoncho se abrían insondables abismos. Que había estado en Rusia, con la retaguardia de la Grande Armée, era algo de lo que no podía dudarse. Lo más probable es que hubiese formado parte del gran ejército de cantineros y vivanderos. Podía hablar convincentemente del frío, de la nieve y de su fuga. Y de sus alusiones podía vislumbrarse lo que él había sido antes y después de esa época… aparentemente lo más controvertible de aquella Europa secularmente perturbada: una especie de bandido, sin duda; un incierto guerrillero; y más tarde estuvo en la frontera francesa con el Ejército de la Fe. Durante los primeros años del siglo, en aquellas aguas turbias esa especie de pez de agua dulce tenía sitio de sobra. Pero las aguas se aclararon y ahora el bueno de Castro había esquivado el patíbulo en las Antillas y en México. En sus momentos de heroísmo juraba que le habían cortado el brazo en Somosierra; lo aseguraba con gran convicción, haciéndonos ver la carga de los lanceros polacos contra la artillería, pronto reducida, y la repentina pérdida de su propio brazo derecho.