La aventura
La aventura No obstante, Carlos solÃa declarar con cariñoso cinismo que el brazo se lo habÃa partido un campesino polaco con su garrote mientras Castro trataba de robar un cerdo en un establo…
—Sin embargo, yo le corté el cuello —gruñó siniestramente Castro—, asÃ; pero eso poco importa… incluso es preferible. Mirad cómo atravieso a esta mosca… pues asà hice con él y no veáis lo asombrado que estaba. No se lo esperaba.
En realidad habÃa empalado a una cucaracha que reptaba. Se pasaba el dÃa cocinando platos extraordinarios, agachado horas enteras delante de un pequeño brasero de carbón que encendÃa subrepticiamente detrás de su litera, haciendo continuos sucedáneos del gazpacho.
Todas estas cosas, aunque intensificaban el romanticismo de la trayectoria de Carlos, acrecentaban también el misterio. Un dÃa le pregunté:
—Pero ¿por qué vas a Jamaica si tu destino es Cuba?
Me miró, sonriendo con algo de tristeza.
—Ay, Juan mÃo —dijo—. España no es como tu Inglaterra, un paÃs estable y sin cambios. El partido que gobierna hoy en dÃa no me agrada y es dueño tanto de Cuba como de España. Pero en su provincia mi tÃo gobierna solo. Allà estaré a salvo.