La aventura

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Por lo demás, la combinación era de lo más satisfactoria. Aquel lugar era accesible por mar a través de una estrecha ensenada que comunicaba con una pequeña dársena, perfectamente protegida, a espaldas de las dunas de arena. El riachuelo que regaba la plantación desembocaba en esa dársena. Allí se podía desembarcar en un bote, creía él, como en un malecón… y sería endiabladamente difícil que la señorita Riego y yo no pudiésemos permanecer ocultos algunos días en su propia propiedad, más aun teniendo en cuenta que, como salió en el curso de la conversación mientras yo había «salido precipitadamente a contemplar la puesta de sol», el administrador, o como quiera que lo llamen —el encargado— era el marido de la vieja nodriza de doña Serafina. Naturalmente, nos convendría armar el menor alboroto posible… tratar de llegar a la casa a través de veredas por la mañana temprano, cuando todos los esclavos están trabajando en los campos. Castro, que aseguraba conocer muy bien la región, nos sería útil efectivamente. Entre tanto, el Lion proseguiría rumbo a La Habana, como si tal cosa. Sin duda, todo tipo de malditos alguaciles y sabuesos de aduanas estarían preparados para subir a bordo a grito pelado. Los recibirían con los brazos abiertos. ¿Había algún extranjero a bordo? Por supuesto que no. ¿Por qué iba a haberlos? ¿… Río Medio? ¿Qué pasa con Río Medio? Estábamos a muchas millas de Río Medio; tratarían de sorprendernos a la altura de la costa. ¿Registrar el barco? Con gusto… cada rincón y cada grieta. Él no creía que tuviesen la caradura de hablar de piratas; pero si se arriesgaban… ¿y qué? ¿Piratas? Es algo muy grave y deshonroso para las autoridades españolas. Personalmente no habíamos visto ningún pirata. Pensábamos que todos habían sido capturados y ahorcados recientemente. Los rumores de que el Lion había sido atacado eran evidentemente falsos. Quizá se tratase de algún otro barco… Eso es lo que harían. Aunque no les convenciesen, por lo menos los desconcertarían. Naturalmente, el capitán Williams, en consideración a mí, había abandonado su intención de hacer un asunto de Estado del ultraje perpetrado en su barco. No entablaría ninguna demanda en La Habana… absolutamente ninguna. Las viejas esposas del Almirantazgo esta vez no tendrían que hacer ni caso. Tampoco se enviaría ningún informe al almirante. Solamente se pediría al almirante que interviniese, si, una vez que les hubiesen dado todas las facilidades para echar un vistazo, se entrometiesen y molestasen al barco con un pretexto cualquiera. Y las autoridades españolas tampoco tendrían en qué apoyarse, por la simple razón de que no podían confesar sus fuentes de información. Mientras tanto, todos los tripulantes a bordo del Lion tendrían que guardar el secreto; eso no podría evitarse. Él, Sebright, respondía de su discreción, al menos mientras estuviesen sobrios; y me prometió que no daría a sus hombres ningún permiso ni dinero para gastar en La Habana, por miedo a que se fueran de parranda y divulgasen algo en los bares de la costa. Todos sabíamos de lo que era capaz un marinero después de un vaso o dos. De manera que se acordó hacer eso. Ahora, en cuanto a nuestro regreso al Lion, forzosamente lo dejarían en mis manos. A partir del momento en que lo abandonásemos para desembarcar en la costa, el Lion permanecería dieciséis días en La Habana; y si al cabo de ese tiempo todavía no estuviéramos de vuelta, y todo el cargamento estuviese ya a bordo, el capitán Williams procuraría quedarse en el puerto unos días más, bajo un pretexto u otro. Pero dieciséis días bastarían, incluso sería preferible no apresurarse demasiado. Lo más seguro en cierta manera sería llegar el día decimoquinto, aunque quizá fuese mejor no hilar tan fino. Con todas aquellas mulas a nuestra disposición, Sebright no comprendía por qué no nos abríamos paso por tierra: atravesaríamos la ciudad de noche, o por la mañana muy temprano, e iríamos directamente a bordo del Lion… tal vez usando algún tipo de disfraz. No sabría decirlo. No estaba en el ajo. Rostros pintados de negro o algo por el estilo. En cualquier caso, a bordo seríamos esperados noche y día.


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