La aventura
La aventura Más tarde, sin embargo, nos enteramos por Castro que la propiedad poseía una embarcación a vela de unas veinte toneladas, que hacía frecuentes viajes a La Habana. Estas droghers azucareras, que pertenecían a las plantaciones (cada propietario tenía una o más), entraban y salían del puerto sin que apenas se les prestase atención. A veces la batería al borde del mar, en el lado norte, o algún aduanero paraba a alguna, pero no era frecuente… e incluso entonces, únicamente preguntaba por su nombre, de dónde venía y el número de toneles de azúcar que llevaba a bordo.
—¡Cielos! ¡Es lo que nos faltaba! —se regocijaba Sebright.
Y se acordó que eso sería lo mejor que podíamos hacer. Debíamos fijar la hora de nuestra llegada para el alba o el crepúsculo. La embarcación que nos llevaría hasta allí debería abordar al Lion, simulando una torpe maniobra, y permanecer a su costado el tiempo suficiente para colarse furtivamente por alguna portilla que estuviese abierta.