La aventura
La aventura Se las debían de ingeniar de manera que, para los espectadores, si es que los había, el encuentro diese la impresión de tratarse de un simple accidente. Los gritos y el intercambio de insultos por ambas partes darían autenticidad al suceso. Entonces la drogher, zafándose del barco, se encaminaría inocentemente hacia la escalinata de la aduana, donde todos los buques de cabotaje debían informar de su llegada.
—No tema. Diremos en voz alta algunas palabrotas y armaremos un escándalo —me aseguró Sebright—. En mi opinión, los muchachos disfrutarán con esta parte del programa.
Quedaba por examinar cuáles serían las intenciones de la goleta que había zarpado de Río Medio para arrimarse a nosotros. Era dudoso que pudiéramos librarnos de ella. Sebright admiraba plenamente sus condiciones marineras, a la vez que sentía un infinito desprecio por la «banda de palurdos que iba a bordo».
—Si yo la gobernase —dijo—, me pondría tan cerca como pudiese y me quedaría allí. Casi podría decirse que ella misma lo haría si esos imbéciles la dejasen seguir su camino. Nunca he visto todavía a un español, bueno o malo, que fuese un verdadero marino. Tal como están las cosas, podemos mantenernos a una distancia que les haga difícil ver lo que estamos haciendo. Y si no, pues bien, deben despedirse de nosotros de noche.