La aventura
La aventura Él se preguntaba si, dejando aparte la tristeza de una partida en esas condiciones, aquello merecerÃa la pena. ¿Quién podrÃa asegurar que no nos estuviesen observando desde la costa?
—Ya sabe usted que nunca pretendà que mi plan fuese completamente seguro. Pero ¿tiene usted algún otro?
No le contesté porque no tenÃa otro y no podÃa pensar en ninguno. Por increÃble que pueda parecer, no solamente mi corazón, sino también mi mente, pese a la despierta comprensión de mi amor, se negaban a enfrentarse con dificultades. Mis pensamientos iban muy por delante de barcos y de hombres que nos perseguÃan, en un sueño de felicidad no empañada que no tenÃa fin. Y no creo que Sebright esperase de mà ninguna sugerencia. Eso tuvo lugar durante una de nuestras bulliciosas charlas, solos él y yo en su cabina. Él acababa de lavarse las manos, preparándose para tomar el té.