La aventura
La aventura —¿Sabe usted? —dijo, volviéndose del todo hacia mÃ, mientras se secaba los dedos cuidadosamente con una toalla áspera—, ¿sabe usted?, no me extrañarÃa que esa goleta nos estuviese observando sencillamente porque sospecha algún movimiento por nuestra parte. Es extraordinario lo listos que a veces pueden mostrarse los mayores imbéciles. Únicamente con su tripulación de españoles palurdos se figuran que van a hacer toda una ceremonia de nuestro desembarco: el barco se pone al pairo durante horas frente a la costa, mandan un bote a tierra para luego regresar, y se arma un gran lÃo. Se dicen a sà mismos: «Estamos seguros de ver su pequeña demostración». ¿Eh? ¿Qué? Mientras nos mantengamos a la altura de la costa hasta que llegue el momento, y caigamos sobre ustedes en la oscuridad sin detenernos en nuestro rumbo más que para echar un sueñecito. ¿Eh?… Ojo, mÃster Kemp, mantenga el bote fuera de la vista mientras remonte el riachuelo, por si acaso se les ocurre echar un vistazo a aquella ensenada mientras nos siguen. Como ya le he dicho, no hay que fiarse demasiado de los desatinos de un tonto.