La aventura
La aventura Ahora se acercaba el momento: la hora de despertarse y abandonar el templo del sol y el amor… de los suspiros y los silencios. Había llegado ya. La noche anterior, Williams y Sebright habían estado en el puente gobernando el barco, procurando sacar el mayor partido posible de cada ráfaga favorable de aquella brisa contraria. Por la mañana me dijeron que un viento del norte se estaba acercando. Un viento del norte es una tempestad. No vi rastro alguno de él. El reino del sol, como el desaparecido de las estrellas, me parecía profundamente dormido, y el soplo del viento en el barco era tan suave como el aliento de un niño. El Lion, desde la línea de flotación hasta los extremos superiores de los mástiles más altos, parecía también andar envuelto en un sopor de encantamiento. Y sin embargo se movía al ritmo de la respiración del mundo, pero tan imperceptiblemente que era la costa la que parecía acercarse a él, como una línea de vapores bajos sobre el horizonte. Entre Willams y Sebright, Castro la señaló con su único brazo, mientras un borbotón de sílabas guturales salía atropelladamente de sus labios. Los otros dos parecían incrédulos. Castro golpeó furiosamente con ambos pies. Finalmente descendieron los dos para examinar la carta náutica, supongo. Volvieron a subir muy rápidamente, uno tras otro, y permanecieron alineados mirando al horizonte como antes. Habría sido difícil imaginar tres seres humanos más distintos.