La aventura
La aventura Deslumbrantes manchas blancas del tamaño de una mano aparecieron entre el cielo y el agua. Cada vez eran más anchas y paseaban su perfil de montículo entre una continua ondulación de dunas de arena. Aquí y allá, esa muralla presentaba un boquete, como una brecha abierta a cañonazos. Detrás de mí, la señora Williams se sonaba la nariz discretamente; tenía los ojos enrojecidos, pero no nos miraba. Nadie nos miraba y la costa también ejercía su hechizo sobre ella. Un promontorio bajo, sombrío, surgió a la vista entre las dunas, destacando entre los montones de deslumbrante arena, como un amenazador hombrecito.
Una voz en cubierta declaró:
—Bueno. Ahí tiene su señal. El tipo sabía muy bien de qué estaba hablando.
Era la voz de Sebright, y Castro, alejándose triunfalmente, fingió dar la espalda a la tierra. Había reconocido el relieve de la costa alrededor de la ensenada mucho antes de que cualquier otro pudiese distinguir los detalles. Habían dudado de su palabra. Estaba ofendido y por eso hizo caso omiso de nosotros, envolviéndose estrechamente en su capote. Uno de los bucles de Serafina me rozó la mejilla: diríase que el postrero esfuerzo de la brisa había quedado atrapado en las marañas sedosas de su cabello.