La aventura

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—No hay viento suficiente para hinchar las velas de una barca de juguete —refunfuñó Sebright—; y no pueden arrastrar esta pesada lancha a tierra con sólo un manco en el otro remo.

Sentía no poder mandarnos con cuatro buenos remeros. El viento del norte podía llegar antes de que les diese tiempo a regresar al barco y, sin hablar de los comentarios que la presencia de cuatro marinos ingleses en la costa sin duda provocaría, había otra dificultad: cómo iban a volver a bordo desde La Habana. Podríamos, sin duda, pasarlos de contrabando; pero con seis personas sería demasiado expuesto. Por otra parte, sería muy difícil de explicar a las autoridades la ausencia de cuatro hombres de la tripulación.

—No podemos decir que hubiesen muerto, que los arrojamos por la borda. Sería demasiado sorprendente. No; tienen que irse solos, deben marcharse al primer soplo de viento; y lo que me temo es que ese viento no sea el primero que viene del norte.

Echó hacia atrás la cabeza y exclamó:

—¿Se divisa alguna señal de la goleta allá arriba, en la arboladura?

—Ni rastro de ella, señor —respondió un hombre encaramado a horcajadas, con los pies colgando, en el mismo extremo del peñol de la gavia.


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