La aventura

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Un sol blanco, como si resplandeciese de pálido furor, daba vueltas pasado su cénit en medio de una calma profunda y universal. No había ni un solo rizo en el mar: éste presentaba una superficie brillante y reluciente, como la faceta pulida de una gema. En la cabina, nos sentamos a comer, sin pretender siquiera que tuviéramos hambre, intercambiando vagas frases, bajando la cabeza sobre nuestros platos vacíos. Pero los pasos uniformes del contramaestre, que estaba de guardia, empezaron a hacerse vacilantes y se detuvieron cerca de la claraboya.

—Parece —dijo con voz algo insegura— como si viniese una corriente más regular de aire.

Nada más decir eso, nos levantamos de la mesa impetuosamente, como si alguien hubiese dado la alarma de un fuego, y la señora Williams, lanzando un gritito, corrió en pos de Serafina. Tras dejar a las dos mujeres unidas en un abrazo silencioso, el capitán, Sebright y yo salimos corriendo a cubierta.

Todos los hombres del barco hicieron lo mismo. Incluso el cocinero negro había salido de su cocina y estaba ya sentado cómodamente en la batayola, mostrando sus dientes blancos al sol.

—Apenas sopla brisa suficiente para una pequeñísima inclinación de la aguja magnética —dijo Sebright, decepcionado.


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