La aventura

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Si nosotros no podíamos verla, ella tampoco podría vernos. Era una circunstancia que nos favorecía. Con gran satisfacción de todos los que iban a bordo, al amanecer se descubrió que la goleta había perdido contacto con nosotros durante las horas de oscuridad… sea a causa de una torpe maniobra, o por algún inconveniente accidental del viento variable. Nada más aparecer en cubierta me habían dado esa información varios hombres con una sonrisa radiante, como si a todos ellos les hubiese acontecido una gran suerte. Repartían su infatigable atención entre la tierra y el horizonte del mar, señalándose unos a otros, con sus brazos tatuados, los detalles de la costa, haciendo con la cabeza un gesto deliberado en dirección a alta mar. A mediodía, la mayoría de ellos sacaron su comida a cubierta y se les podía ver hacia proa, cada uno con un plato de hojalata en la mano izquierda, gesticulando amigablemente aferrados a sus cuchillos. Un pañuelito blanco colgaba de los dedos de la señora Williams y de vez en cuando ella se frotaba ligeramente los ojos, uno detrás del otro. Su marido y Sebright, con el semblante serio, pateaban afanosamente alrededor de la bitácora de popa, cambiando de sitio, cediéndose el paso, agachándose por turno para echar una ojeada en la rosa náutica al acantilado bajo, como dos artilleros apuntando una pieza pesada para un disparo decisivo. Saliendo de la lumbrera, el despensero hizo sonar violentamente una campanilla y se mostró asombrado por el fracaso de ese llamamiento. Después de esperar un poco, produjo un tintineo más débil y, resignado, volvió a bajar, desapareciendo de la vista.


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