La aventura
La aventura En cuanto ella apareció, Castro, que estaba apoyado en la borda, se levantó y, después de murmurar un «Adiós, señores», descendió por la escala de costado y se ocultó en la proa del bote. Se despidieron deprisa y corriendo. Williams no daba ninguna muestra de emoción, si exceptuamos, quizá, la mayor intensidad de su mirada, que pasaba por encima de nuestras espaldas en cada apretón de manos. Sebright ayudó a Serafina a bajar al bote y volvió a subir ágilmente. La señora Williams, agarrando con su esbelta mano las dos mías, pronunció unas cuantas palabras incoherentes… acerca de promesas de hombres y sobre la felicidad de las mujeres, eso creo. Pero, a decir verdad, no pude contener mi agitación, que era bastante considerable para permitirme prestarle una atención sostenida. Yo sabía únicamente que le había otorgado mi confianza, esa confianza completa y absoluta que ni la sensatez ni la autoridad pueden dominar por sí solas. Y de pronto se me ocurrió que la heredera de una fortuna y un apellido espléndidos, que estaba allá abajo en el bote, no tenía en el mundo mejor amiga que esta mujer, que había llegado hasta nosotros procedente de la inmensidad del mar, abriendo su inocente corazón a nuestra miseria, como un piadoso e ingenuo ermitaño en el desierto abre de par en par las puertas de su celda a los caminantes desconocidos.