La aventura
La aventura —Señora Williams —balbuceé yo—, si nosotros… si yo… es imposible decir lo que puede sucedemos a cada uno de nosotros. Si a ella se le ocurriera volver con usted… si alguna vez necesitase ayuda…
—SÃ, sÃ. Siempre, siempre… como si fuera mi propia hija.
Y la buena mujer se derrumbó, como si yo, en efecto, le estuviese quitando a su propia hija.
—Eso son bobadas, Mary —expuso Williams, refunfuñando extraordinariamente—. No van a dar la vuelta al mundo. Creo que desembarcarán a tiempo para comer.
Su mirada fija, inexpresiva, la atravesó, como si fuese diáfana, pero ella le cogió un brazo, como es lógico; entonces él me hizo un guiño de ojo sorprendentemente rápido que significaba, supongo, que debÃa irme…
—¿Todo va bien? —preguntó Sebright desde arriba, tan pronto como hube tomado asiento en la escota de popa al lado de Serafina.
Sebright estaba de pie en la toldilla, esperando una señal para soltar en cubierta el extremo de nuestra amarra; pero antes de que yo pudiera contestarle afirmativamente, Castro, oculto en la proa bajo su sombrero, cortó la cuerda con su cuchilla como si se tratase de un pescuezo.