La aventura
La aventura HABÍA vuelto la calma. Pasando del cálido brillo de la gema al unísono de grises y negros del espacio, el mar semejaba una escoria monstruosa bajo un cielo ceniciento.
El sol había desaparecido, cubierto por esas nubes que se habían formado de repente y por todas partes, como por una corrupción rápida del aire en las alturas. Durante la mayor parte de la tarde el barco y el bote se mantuvieron alineados, a menos de media milla uno del otro. La poca luz que quedaba, aislada del origen de la vida, parecía consumida por un extraño debilitamiento. La larga extensión de arena y las velas del inmóvil navío destacaban en la universal penumbra con lívida palidez. Y sin embargo, era tal el estado de la atmósfera que podíamos ver con bastante nitidez incluso los pliegues en la escarpada superficie de las dunas, y las siluetas de las personas que recorrían la toldilla del Lion. Siempre había alguien allí con el aspecto de estar vigilándonos. Entonces, no sin emoción, los vimos a bordo, izando la vela mayor y arriando la lancha.