La aventura
La aventura Los cuatro remos batieron el sombrÃo mar, levantándose y cayendo aparentemente en el mismo sitio. La lancha llevaba un tiempo interminable viniendo hacia nosotros, pero según se acercaba me sorprendió su enorme velocidad. Sebright, que llevaba el timón, la puso de costado rápidamente y dos de sus hombres, saltando a nuestra embarcación sin decir palabra, arriaron inmediatamente nuestra vela al tercio.
—Venimos para arriarles la vela. No deben arreglárselas muy bien con sólo un manco de tripulante —dijo tranquilamente el joven oficial en medio de un enorme silencio.
En su opinión no podÃamos contar con ningún tipo de viento hasta la llegada de la primera borrasca. La ráfaga, como la llamó, nos llevarÃa a la costa a toda mecha, y estaba seguro de que ayudarÃa igualmente al barco a arribar a La Habana en menos de veinticuatro horas. No creÃa que al principio fuese muy intensa y, una vez en tierra, no tenÃamos que preocuparnos si soplaba con mucha fuerza.
Me tendió por encima de la regala un frasco de bolsillo cubierto de cuero, con una tapa plateada de rosca en forma de cubilete. Era del capitán y estaba lleno de ron de primera calidad. Seguramente debÃamos estar bastante mojados. También me puso en la mano un chal de lana gris. La señora Williams pensó que a mi joven dama le agradarÃa tenerlo por las noches.