La aventura

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—La pobre mujer se ha encerrado en su camarote y está rezando por ustedes —concluyó—. Moveos, muchachos.

Sus hombres no le contestaron, pero Castro, mirando a la costa desde la proa, contestó a las palabras que Sebright le dirigió con un gruñido malhumorado de impaciencia. Estaba completamente seguro de que podrían entrar; él había entrado y salido varias veces. Sí. De noche también. Entonces Sebright se volvió a mí. Después de todo, no era tan difícil. La ensenada quedaba directamente al sur de nosotros y el viento llegaría ciertamente del norte. Siempre ocurría lo mismo con esas ráfagas. Yo no tenía más que quedarme quieto.

—Las nubes acabarán por alumbrarle —añadió significativamente, mirando hacia arriba.

Una vez que hubieron terminado de arrizar la vela, los dos marineros la izaron, arriaron y volvieron a izar la verga para verificar que el aparejo corría bien y, sin mirarnos, volvieron a poner el pie en la lancha, ocupando sus puestos. Durante un rato más seguimos juntos con los costados en contacto. Sebright extendió la mano de un bote al otro.


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