La aventura
La aventura Más tarde, Castro y yo nos pusimos a hablar en voz baja junto al fuego que se apagaba. El tenía mucho que decir acerca de la historia de esa cueva. Había una tradición según la cual los antiguos bucaneros celebraban allí sus orgías. La piedra en donde había estado sentada la Señorita se creía que había sido el trono de su jefe. Era una banda feroz, gente que no temía a Dios ni al diablo… sobre todo ingleses. Los piratas de Río Medio habían usado esa caverna alguna que otra vez hasta hacía un año poco más o menos. Pero siempre tuvieron deplorables altercados con la gente de la propiedad… los vaqueros. Como tenía muchas leguas de pastos, en sus años mozos don Baltasar había traído un rebaño de ganado bovino; luego, como los africanos no valían para ese trabajo, mandó traer de México algunos peones con sus familias. Gente ignorante que apenas sabían santiguarse. Las peleas surgieron cuando los lugareños quisieron matar ganado para comérselo. Los peones cargaron sobre ellos y hubo muchos heridos en ambos bandos. Luego, la última vez que la goleta de Río Medio estuvo aquí fondeada (después de saquear un barco fuera del puerto), hubo algunas partidas (jugaban alrededor de esta misma piedra) y Manuel (sí, señor, ese mismo Manuel, el cantante… ¡Bestia!) mató a un peón en una disputa sobre apuestas, hiriéndole en la garganta inesperadamente con un cuchillo. Nadie se vengó, pues los lugareños zarparon inmediatamente; pero la viuda habló mucho del asunto y algunos rumores llegaron a oídos de don Baltasar… pues él, Castro, había tenido el honor de ser enviado a la propiedad con la misión de visitarla. Esa fue la primera ocasión en que Manuel manifestó su odio por él… Castro. Y, como de costumbre, el Intendente, después de todo, resolvió el asunto como quiso y a Manuel no le pasó nada. Don Baltasar estaba viejo y además era un noble demasiado importante para preocuparse de las actividades de semejante bicho… Y Castro se puso a bostezar.