La aventura
La aventura Al amanecer —explicó él— partirÃa enseguida para la hacienda y regresarÃa con mulas para Serafina y para mÃ. Los edificios de la propiedad estaban a unos cinco kilómetros de distancia. Toda esa parte del paÃs al borde del mar estaba bastante desierta, los campos de caña de azúcar cultivados por los esclavos negros estaban tierra adentro, más allá de la zona habitada. AquÃ, cerca de la costa, no habÃa más que los rebaños de ganado que pastaban en las sabanas y los peones que se ocupaban de ellos, pero incluso éstos, a veces tardaban varias semanas en ver el mar. No tenÃa ningún miedo de que alguien le viese durante el trayecto; nosotros también podrÃamos partir sin miedo, en pleno dÃa, tan pronto como él trajese las mulas. Por lo demás, lo arreglarÃa todo oportunamente y en secreto con el marido de la nodriza de Serafina… Enrique, le llamaban, un gallego callado, de barba gris, digno de confianza.
Uno de sus primeros cuidados habÃa sido extraer de sus empapados vestidos un puñado de tabaco y ahora daba vueltas solÃcitamente al pequeño montón para que se secara. En alguna parte de su regazo encontró un fragmento de hoja de maÃz. El rostro se le iluminó.
—Bueno —murmuró, muy complacido.